Autobus
Sábado, 7:15 de la mañana.Salgo del metro de Plaza Castilla.
El día se levanta brumoso... cuando entré en el metro aún era de noche.
Acostumbro los ojos a la luz del día, y me enciendo un cigarro mientras espero al bus.
En la parada de al lado hay mucha gente esperando.
Ahí paran los buses que van a los barrios nuevos del norte, que aún no han llegado a ser barrios y son casi desiertos de arena y ladrillos.
Cuento la fila de gente. 57. Absolutamente todos son hombres. En toda la cola alcanzo a ver a un español. Los demás son de todos los colores; sudamericanos, africanos, moritos. Casi todos van con mochila, algunos con el bocadillo en una bolsa.
Yo sigo sola en la parada de mi bus, y empiezan a salir reflejos del sol.
Se me acerca un africano de los de la otra parada, y me pide un cigarro. En décimas de segundo, me pregunto por qué todos los africanos están siempre sonriendo y a la vez parece que están tristes. Sólo me queda un cigarro, pero se lo doy igual. Sonríe otra vez, me da las gracias y se vuelve a su sitio en la cola. Las caras de los que le rodean no son mucho más alegres. Al poco llegan dos autobuses y el hormiguero se pone en movimiento, van subiendo todos los que estaban y otros siete o ocho que han ido llegando. Ya están todos de camino. Dentro de una hora estarán subidos a un andamio o haciendo cemento o colocando ladrillos o sufriendo cualquier accidente laboral.
Yo sigo sola en mi parada, y se me viene a la cabeza una analogía estúpida con un sueño que tuve de pequeña. Recuerdo soñar con una fila muy larga de gente en la calle, y al principio del todo dos tipos con cuchillos que abrían en canal al primero de la cola, cual gorrino en matadero, y recogían su sangre en cubos enormes, y así uno tras otro.
Ya ven, las cosas tan raras que sueña una de pequeña.
Apuro el cigarro y veo que llega mi autobús. Por fin voy a llegar a casa. Creo que cada vez me hace más daño trabajar de noche.
